martes, 21 de mayo de 2019

Soga Monogatari


“Soga Monogatari" o “La historia de los hermanos Soga”, Ed. Trotta, Madrid 2012

Preciosa edición de un clásico de la literatura japonesa en un doble sentido: el literario y el de la memoria común. Literariamente pertenece al género llamado Gunki monogatari (Historias de los hechos heróicos”) desarrollado en el s. XIII tras la caída de los Taira. Yo lo calificaría  como hermano menor del “Heike monogatari”, bastante lejos de su calidad. Sin embargo, sociológicamente, los hermanos Soga son un referente constante en múltiples manifestaciones culturales japonesas (tatuajes, como ejemplo inesperado), y no es de extrañar pues trata de un tema muy valorado: la obligación de la venganza. Dos niños desde los cinco y tres años están condenados a vengar a su padre y, por tanto, condenados. Minamoto Yoritomo, vencedor, exterminó a algunos clanes enemigos con especial interés en que no quedara ni un solo niño pues su propio clan había sido exterminado pero se respetaron a los niños: al propio Yoritomo y al espejo de samuraris Minamoto Yoshitsune. De tan débil brote él consiguió acabar con todo un sistema político por tanto sabe lo peligrosos que son los niños. Yoritomo no perdona la vida a los niños sino que pospone su ejecución. Hay pues una especie de “pathos” en la historia así como aparecen una serie de valores que se estaban imponiendo, el amidismo es un buen ejemplo. La historia acaba como es de esperar: cumplen su venganza y mueren uno en combate y el otro ejecutado.
Si comparamos Soga Monogatari con Chusingura (Los cuarenta y siete leales de la casa de Asano, más comúnmente conocidos como “Los cuarenta y siete ronin”) vemos claramente que ambos reflejan dos grandes quiebros de la historia japonesa: el ascenso del poder militar por encima de cualquier legislación y su caída al someterse a la ley los cuarenta y siete. Ambos con un mismo eje: la postergación de la venganza.
En esta edición (única en castellano que yo sepa) quizás lo más interesante sea la introducción de Carlos Rubio que contextualiza la obra ampliamente en todos sus aspectos haciendo un análisis esclarecedor. Otro tanto se puede decir de las notas a pie de página (tan olvidadas en textos fundamentales como este) que no sólo son útiles sino que reflejan una admirable erudición.
Como lector la obra en sí no es precisamente apasionante pues se resiente demasiado de un sentimentalismo empalagoso y un tanto forzado, acorde sin duda con los gustos de los oyentes a quien va dirigida. Aun así compensa de sobra con la atención a las costumbres y usos –las cacerías, por ejemplo- y a la expresión de los sentimientos.
Los hermanos Soga a caballo, obra de finales del XIX, la importancia de su gesta aun dura.

martes, 2 de abril de 2019

HABLEMOS DE ZEN (1)


Hasta hace unos cuantos años la influencia del Zen en toda la cultura japonesa se consideraba incuestionable y prácticamente definitoria de las artes y las formas culturales, idea a la que contribuyeron no poco las obras del Dr. Suzuki, que dio a conocer o por mejor decir puso al alcance de occidente, de la analítica mente occidental, la “mecánica” (a falta de mejor nombre) del pensamiento zen. Hoy día no se considera el Zen tan absolutamente determinante como hace un tiempo y se valoran junto a él otras líneas de pensamiento tanto político, como social, como y aquí es donde nos centraremos siempre, estético. Cierto es también que el concepto “zen” ha sido degradado en occidente y cuando vemos algo vacío, escueto no dudamos en emplear la palabra “zen” con demasiada alegría pues en muchas ocasiones lo que tenemos delante no es sino pobreza de ideas enmascarada. Fenómeno que se está imponiendo en estas décadas del siglo en todos los aspectos.
Con todas las salvedades que el tema exige y que los eruditos hayan ido destapando creo firmemente que desde luego el Zen no es el único pilar de la mente y las artes japonesas pero sí uno de los fundamentales. Al afirmar esto y aunque ni sea yo el primero en decirlo ni suponga nada nuevo quizás no nos damos cuenta de la importancia que esto tiene en una cultura como la japonesa, muy especialmente en el aspecto religioso y espiritual pues quizás nos encontremos ante una de las culturas más sincréticas en este plano. Al mismo tiempo conviven y, lo que es más importante, se funden, confucianismo, Zen, Shintoismo (con la enorme variedad de cultos y tradiciones que conlleva) y budismo en muchas y diversas escuelas que no viene a qué enumerar siquiera someramente. Decir pues que el Zen es uno de los pilares fundamentales es poner mucho peso en él.
Desde el punto de vista estético, que es el que va a centrar nuestro interés, el Zen no sólo tiene manifestaciones propias, pocas, sino que, sobre todo, “perfuma” todas las artes incluso aquellas de las que parece más alejado siendo por tanto determinante tener una ligera idea de qué estamos hablando al hablar de Zen cuando nos ponemos ante el hecho estético japonés. Eso nos lleva directamente a la gran pregunta: ¿Qué es el Zen?
Y aquí se podría cerrar el debate y todas las siguientes entradas. Con ¿Qué es el zen? Hemos tropezado y caído de bruces mordiendo el polvo. Menos vulgarmente: a esa pregunta se han  dedicados siglos de estudios y de intentos. Por supuesto, occidente no tardó nada en descalificarlo como una especie de galimatías de adivino de feria y ha costado mucho tiempo que se le saque de esa casilla, incluso diría que las mentes más integristas del cristianismo (y quizás debiera decir monoteísmo y filosóficas grecolatinas) siguen aferradas a ese punto de vista.
Por definición el Zen es indefinible. Hala, a usar nuestro cerebro analítico para descifrar esto, ya podemos hacerlo ya, no llegaremos a ninguna parte. Digamos que cuando se descartan todas las definiciones posibles e imposibles del Zen, lo que queda, eso es el Zen. Pero recordemos que sigue siendo indefinible e inefable por naturaleza luego lo que yo diga tampoco es el Zen. Se dice que se confunde el dedo que señala la luna con la luna misma y cuando miramos desde nuestra mente occidental confundimos el hablar del dedo con el dedo y a éste con la luna. ¿Complejo? Mucho o todo lo contrario. Alguien dijo “que difícil y al mismo tiempo que fácil es el Zen”
No es una religión pues no tiene textos propios ni dogmas ni iconografía, no es una filosofía puesto que se aparta de todo desarrollo lógico (con lo que nuestras ideas cartesianas deberían empezar a bailar la conga para hacerse a la idea de que han de apartarse para dejar espacio pero ¿occidente sin un proceso racional y lógico? Imposible. Sin embargo, hemos de aparcar esa actitud que nos es propia si queremos acercarnos ligeramente al Zen.
Quizás por qué la palabra es el peor de los vehículos para enseñar o trasmitir el Zen y por tanto nos aleja de nuestro principal medio de comunicación lo que quede más cerca de poder trasmitir el Zen sea la actitud estética. El arte zen es la mejor forma de iniciar una leve aproximación al pensamiento zen, pero no todas las artes japonesas son zen, no todas están imbuidas del espíritu zen. Diferenciación estética difícil pues lo es separar lo que es la elegancia y la sobriedad del sumi-e de la sobriedad a veces un tanto recia de la pintura en tinta inspirada por el Zen. Ni tampoco quiero decir con esto que lo que encontramos en las artes sea el Zen.
A la eterna pregunta de ¿Qué es el Zen? Para la que las mentes occidentales necesitamos urgentemente una respuesta siempre me he aventurado (a sabiendas de que tampoco es eso) a decir que es una determinada manera de mirar el mundo, el universo. Una manera desde luego peculiar, precisamente por no serlo.
Entre las muchas cosas que el Zen no es y me interesa especialmente recalcarlo pues el uso que se da es bastante traicionero es una forma de plantear el combate, la lucha o cosa parecida. Desde luego esta relación tiene una cierta base histórica, que no lo convierte en el arte de machacar a patadas a tu rival.
La mencionada base histórica arranca del s. XII. Hasta ese momento (y que me perdonen las potencias protectoras de la historia una síntesis tan brutal) el gobierno del imperio japonés tenía su sede en Heian, actual Kyoto, y lo ejercía una alta aristocracia basada en propiedades territoriales que no administraban ellos sino que dejaban de encargados a sus subordinados, entre ellos a los hombres armados pues no eran infrecuentes los enfrentamientos. La aristocracia Heian vivía en sus palacios de la capital dedicada a la galantería, la poesía, sí, también a las armas pero más a la manera de torneo medieval que como temas de guerra. Heian era una maravillosa telaraña de plata con toda la delicadeza posible que nos dejó su muestra más egregia en el soberbio “Genji monogatari” de la dama Murasaki Shikibu cuya lectura es imprescindible para quien quiera acercarse a Japón. No sigamos por la vía estética sino que detengámonos en la vida religiosa. La capital, rodeada de monasterios de diversas sectas budistas tenía por tanto una intensa vida espiritual budista, pero todas las escuelas que predominaban en el momento exigían para la salvación un profundo conocimiento intelectual lo que alejaba a casi todo el mundo de ellas.
La historia es un eterno retorno y ocurrió lo que tantas veces ha ocurrido y volverá a ocurrir. La lejanía y despreocupación de los aristócratas propietarios hizo que los “chicos de la casa” (creo recordar que esa es la primera lectura de “bushi”) se fueran haciendo fuertes y controlando el poder de esos feudos. Precisamente en esos momentos cobra fuerza el budismo zen que, contrariamente a las demás ramas del budismo, no requería conocimientos intelectuales, el bushi si algo no era, era culto con lo que el pensamiento directo no intelectual del Zen legitimaba su lado religioso. De ahí que se relacione casi de forma exclusiva el Zen con los guerreros y con las artes marciales. Armados, preparados y legitimados los chicos de la casa se rebelan y acaban con el sistema aristocrático quedando todo el poder en sus manos aunque, digamos que “a la japonesa” la cultura que nunca rompe con nada por mucho que cambie todo. Las sucesivas guerras que llevaron a la caída del sistema aristocrático son relatadas en el monumental y también imprescindible “Heike Monogatari”. Se inicia la edad media japonesa cuando los samuráis, termino vulgar de “bushi”, alcanzan su mayor esplendor.
Una vez medianamente centrado en la historia es hora de empezar a hablar de Zen pues como cabe comprender con facilidad no es una margarita que aparece de un día para otro sino una de las ramas del budismo primigenio aunque con matices y diferentes nombres. Creo que para una primera entrada sobre el tema ya es más que suficiente. Y recordemos que nada de lo dicho es Zen, ni deja de serlo.

viernes, 15 de marzo de 2019

SAYAKA MURATA: “LA DEPENDIENTA”


               De unos años acá se habla mucho, y con razón, del terror japonés principalmente en el cine. Reconozco, admiro y disfruto esa vuelta de tuerca que supone lo que podríamos llamar “terror oriental” pues no sólo está implicado Japón sino todo el sudeste continental del Sur que no es precisamente sudeste. Sin embargo, nadie menciona que el terror japonés hay que buscarlo, mejor dicho, nos lo encontramos a pesar nuestro, en obras que no parecen del género, que seguramente no han sido pensadas como tales pero cuya lectura pone los pelos de punta. El caso de “El embarazo de mi hermana” de Yoko Ogawa es un claro ejemplo, las novelas de Murakami, otro, al menos en parte.

               “La dependienta” sigue en esa línea, aunque no para todos los lectores ni tampoco quiero decir que siga la estela de nadie o imite sino que, al menos para mí, continúa en esa especie de subgénero de “terrorífico no terror”. Desde las primeras páginas la autora nos sumerge en un universo unipersonal –el de la protagonista- a contramano del universo unidimensional que es el que se percibe fuera de ella. Ambos son delirantes y corrientes, tranquilizadores y claustrofóbicos, liberadores y opresores a la vez (de ahí el terror, desde mi punto de vista), cercanos a todos, conocidos por todos pero conocidos como ese camino estrecho al borde del abismo que llevamos recorriendo toda la vida: un paso el falso y se acabó. Sin querer desmerecer las críticas no creo que ninguno de los adjetivos que le dedican la refleje. Hay que leerla olvidándolos.

               En la narración, más bien corta y de fácil lectura, se refleja la actitud que denominan de “inadaptada” en una sociedad acomodaticia de “inadaptados” interpretando. A la ya angustiosa trama –no por lo que cuenta sino por la naturalidad, la soltura con que lo cuenta- la autora suma pequeñas (permítaseme la expresión) “puñaladas traperas” de un modo igualmente natural que, por eso mismo, nos estremecen con ese terror profundo. Citaré sólo dos ejemplos:

“El bebé rompió a llorar. Mi hermana lo cogió en brazos rápidamente y lo acunó para calmarlo.

   Miré el pequeño cuchillo que había utilizado para cortar la tarta: si de lo que se trataba era de tranquilizarlo, no sería tan difícil (p. 65-66)”
 
“[….]No perpetuéis vuestra genética es el mayor favor que le podéis hacer a la humanidad [] Vuestra genética defectuosa es un lastre que debéis arrastrar solos durante el resto de vuestras vidas. Cuando muráis lleváosla al cielo y procurad que no quede ni rastro de ella en este mundo” p. 152

               Ambas ideas por igual de destructivas y aterradoras, se enmarquen en el contexto que se quiera y, además, vagamente conocidas.

               Desde luego es una novela que vale la pena leer pero sin ir condicionados pues parece que nadie ve lo mismo en ella o más bien que cada quien ve lo que quiere ver en ella.

miércoles, 26 de septiembre de 2018

OKUZA KANAME O LA MUJER TORTURADA

 He querido encabezar con esta imagen pues es la labor de un tatuador sobre el cuerpo sometido de una mujer especialmente desnuda, algo infrecuente.
Ante todo he de decir que desde mi humilde y leal saber y entender la obra de Okuza Kaname es, al igual que otros ejemplos que hemos visto, una elaborada y demasiado fácil de pasar por alto unión de las culturas y formas occidental y japonesa.
Unos pocos datos que nunca están de más pero que tampoco, creo, nos van a ayudar a admirar más las obras de este autor. Nacido en Nigata en 1939 fue educado en el arte pictórico por su tío Sakai Soushi y pronto dominó además el arte del tatuaje llamado irezumi, al punto de ser referencia e inspiración de otros muchos artistas, muy especialmente de Horiyoshi III. Se da el caso de que clientes tatuados por éste con temas basados en Okuza posaron para nuevas obras de éste. De hecho su libro de 1995 es una referencia para los tatuadores de irezumi actualmente. El gran logro del autor es haber sacado a la cultura popular tatuajes incluso en postales y puzles dado el estigma que tiene el tatuaje como subcultura bastante marginal (como hasta hace bien poco en Occidente) Murió en 2011. Hasta aquí lo que tenemos que nos puede interesar de su trayectoria.
Amarrada y azotada la expresión de la figura esta tan lejos del dolor como del placer, tan lejos del desnudo por sus tatuajes como de las vestimentas tradicionales, incluso lejos de la violencia que sufre.
El tema por que nos fascina el autor y que le ha dado fama tan universal como puede serlo es la mujer. Hasta aquí nada novedoso pero sus mujeres son bellas damas, creo que más ajustadas a cánones occidentales que japoneses, torturadas, atadas, violadas, abusadas, sometidas al sublime arte del Shibari o las más horrendas aberraciones. Al dominio de la imagen de la mujer Okuza añade el del arte dl tatuaje y sus mujeres aparecen siempre tatuadas con temas más o menos reconocibles pero siempre dentro de la tradición japonesa.
 


El exquisito cuerpo desnudo (con algo en su postura de San Sebastián) sufre la cercanía a su sexo del filo del sable y los azotes a sus pechos con apenas un entrecejo fruncido, más pendiente del sable que del dolor. El valor a nivel simbólico del sable como falo no puede quedar fuera de nuestra visión de conjunto, al igual que esos pequeños trozos de tela, que están pero no cubren.
 No es así su dibujo, que no puede estar más lejos de las imágenes eróticas tradicionales de tintas planas y demás, es un dibujo muy occidentalizado con una clara tendencia al desnudo, casi intocado en la tradición japonesa. Clara tendencia, que no desnudo per se. Si nos fijamos vemos que sin ser un absoluto, muy a menudo aparecen telas que no cubren pero que recogen ese gusto por las vestimentas como rasgo esencial de las obras eróticas japonesas.
Casi percibimos la cercanía de la muerte pero la imagen es serena, no se revuelve, no se resiste, parece contemplar como el agua se le va acercando. Los pequeños juncos del fondo, perdidos en la niebla dan profundidad y también un marco de naturaleza que resulta casi imprescindible a las artes japonesas
 Sus imágenes son crueles, más allá incluso del sadismo vulgar y convencional del látigo y los azotes. Las hojas de cuchillos y sables, por supuesto las ataduras complejas, situaciones extremas como la cercanía al ahogamiento de la imagen superior o, mucho más a menudo, la exposición al frío en paisajes nevados apenas insinuados pero que no admiten dudas,  incluso la cercanía del fuego aparece como amenaza. Esas mujeres indefensas, objetualizadas si queremos, no parecen ni intentar rebelarse sino que se entregan al dolor y al sufrimiento como a la embriaguez. Sin duda la crueldad refinada y mental que presentan es muy superior a la que sugiere el Divino Marqués, por ejemplo.
Este ejemplo es sin duda el más cercano a la tradición del shunga. La postura, las telas que aquí se funden con los tatuajes para cubrir las pieles y casi las expresiones vienen de allí, sólo le aleja el tronco desnudo sin paliativos de la mujer y sus ataduras, a las que, si se me permite una interpretación un tanto literaria se ha entregado de buen grado, al menos aquí.
 
 Torturas crueles con dudosos finales pero que en ningún momento dejan de ser exquisitas, las torturas y las obras, con un sublime punto de abandono. Cualquier relato o ilustración occidental resaltará los gritos, los quejidos y las súplicas de las victimas. Ante las obras de Okuza no oímos sino el respirar más o menos agitado de la mujer, el caer de la nieve y, en los casos en que aparecen sus agresores, las brutalidades de ellos.
Brutalmente violada parece haber renunciado a toda resistencia, los restos de la misma y el gesto agónico nos muestran, sin hacerlo, lo ocurrido y con el indefinible arte de sugerir tan japonés un erotismo poco limpio del espectador mientras las peonías y las cuerdas visten su cuerpo.
 Occidentales son las largas melenas agitadas, revueltas, los grandes senos (elemento de la anatomía femenina a la que los cánones estéticos japoneses no parecen dar importancia). Japonesa es la ausencia de miembros masculinos y, por tanto, de esas desmesuras que aparecen entre sedas en la pintura tradicional erótica. Quizás lo más cercano a estas representaciones no haya que buscarlo en temas sexuales de la tradición sino en el horror de los infiernos budistas, al menos conceptualmente.
Poco o mucho hay que decir de esta imagen en la que la naturaleza cobra especial fuerza y que parece estar contándonos una historia de amor larga, cruel y como toda historia de amor que se precie, trágica.
 Desnuda pero casi vestida, por las escasas telas que aparecen pero sobre todo por los tatuajes y muy frecuentemente por elementos naturales que no cubren su cuerpo pero visten el conjunto y lo entroncan con la tradición japonesa de integración con la naturaleza, con la veneración de hasta el más mínimo elemento de la misma que se llega a convertir en algo fundamental en cualquiera de las artes japonesas.
Abandonada y expuesta en su límpida desnudez, dibujando con su cuerpo curvas y contracurvas propias del shibari, con su sexo descaradamente expuesto y su tatuaje en espalda y hombros, esta belleza está condenada a la congelación, o eso sugiere, y, sin embargo,  en perfecta compensación con la línea que traza el tatuaje, unas cuantas flores rojas aparecen entre la nieve. Es la propia naturaleza la que viste y cierra esta composición basada en diagonales paralelas (rama, vientre, tatuaje y flores).
Imágenes de una perversión perturbadora, provocadora, que lleva el erotismo por caminos que occidente apenas logra intuir y percibir. Un verdadero placer para los sentidos y para los amantes de los laberintos del erotismo y la sexualidad un tanto oscuros.

sábado, 8 de septiembre de 2018

GENGOROH TAGAME

 
En la ultima entrada hablé de este autor como una muestra de la forma de entrecomillas, fusión, cierro comillas, entre Japón y occidente en el tratamiento gráfico de temas más o menos universales. Evidentemente, eso es innegable, que el tema en que reina Gengoroh Tagame es el porno sado homosexual, pero no es excluyente. Si el otro día puse el punto de vista exclusivamente en ejemplos claramente sexuales hoy quisiera, sin apartarme de ellos (aunque lo intentara) echar una ojeada a ejemplos más concretos y específicos. Aunque no sé si sabré expresarme en condiciones. 
 La obra con la que se encabeza esta entrada es un tema evidentemente erótico pero con cierto toque cómico. Representa el "uso sexual" de dos tengú, seres legendarios que se caracterizan por su gran nariz roja que, evidentemente están usando para otros fines. El tratamiento es occidental, nada de tintas planas etc pero no el tema, nada hay más japonés que un tengú, sobre todo si tenemos en cuenta que ellos fueron quienes adiestraron a Minamoto Yoshitsune (espejo de caballeros) durante el tiempo que permaneció recluido en un monasterio de jovencito antes de convertirse en mano derecha de su hermano mayor Minamoto Yoritomo. Hay ocasionalmente referencias a que en los monasterios las labores de los novicios iban un poco más allá de lo que cabría esperar, cierto que teniendo en cuenta la situación muy a menudo los monjes tenían que tener una férrea formación bélica, vamos que quizás no estuvieran en el monasterio por vocación religiosa. La ilustración, sugiere, por lo menos me sugiere a mí que los tengú también se cobraban sus enseñanzas en especie, si se me permite la grosería que no es tanta cuando la sexualidad en Japón fue muy libre hasta que llego la Santa Occidentalización, y el gozo se hizo pecado.
En la segunda imagen el autor ha jugado de un modo bastante provocador con el viejo arte del tatuaje japonés representando lo que siempre ha sido una Deesis (Jesús crucificado con Maria y San Juan) en un peculiar rompimiento de gloria con carpas por los cielos. El tanto ensangrentado y semioculto delata que el crsitianismo de la imagen no es sino superficial y también en cierto sentido el aspecto occidental del dibujo. El resultado, en mi opinión es espectacular.

La tercera imagen es "inequívocamente japonesa", prácticamente es la versión perversa de "El sueño de la mujer del pescador" de Hokusai, si allí con la técnica de la estampa de su tiempo abordaba la violación´, más o menos. de una bella mujer por un pulpo, aquí nos muestra a uno de los tiarrones característicos de su autor en posición muy semejante, dibujado totalmente a la occidental que está siendo castrado por un cangrejo mientras está atado con un alga. El tema universal del terror a la castración, la constante japonesa de los animales marinos, para bien y para mal, el desnudo sin reparos occidental, las algas amarrándole vuelve el mundo marino y, finalmente, el tamaño normalito de su sexo ajeno a los despropósitos gigantescos del shunga, e incluso a algunos otros ejemplos del propio autor, nos están hablando de una muy peculiar manera de unir ambos mundos a nivel comic, manga o ilustración, como queramos llamarlo.
He mencionado que los temas centrales del autor son la homosexualidad dentro del sadismo pero no es un tema exclusivo pues si no estoy mal informado, algo que siempre es posible, ha creado un personaje cuyas historias tienen poco que ver con todo lo que vengo diciendo, tanto en técnica como en asunto. Ni siquiera hace falta comentar nada viendo la imagen:

lunes, 27 de agosto de 2018

GENGOROH TAGANE, EJEMPLO DE FUSION

 En la entrada anterior parecía estar un tanto en el universo de la guerra de las galaxias pero no. Es evidente que las luces producen sombras pero también que lo que en Oslo es un día normal, en Sevilla es una helada histórica. Habíamos dejado el tema en el punto en que la cultura japonesa entra en contacto con la occidental de un modo radical. Por aclarar un poco, Japón entra en contacto con la cultura occidental en la era Meiji en el XIX, las influencias de escritores anglosajones y franceses en los inmensos narradores de la segunda mitad del XIX y del XX nos lo demuestran. Sin embargo, aunque sea un tanto tosco el concepto, poco pulido, creo que con el militarismo se produce un cierto alejamiento relativo de la cultura occidental. Por eso cuando digo que entró en contacto de un modo radical me refiero al momento en que tras la guerra del Pacífico Japón se ve envuelto en un juego de fuerzas contrarias y centrífugas algunas pero que hacen que el choque de nuevo con Occidente y su cultura sea brutal, absoluto e irreversible. Sobre todo es tan potente que en pocos años ya es difícil saber quien influye a quien.
En ese lado del arte que no es apto para menores y que, por tanto, ni se menciona ni se toma demasiado en serio, el erotismo y la pornografía, es donde quizás sea más evidente o mas espectacular si se quiere el pulso con que Japón ha tomado casi literalmente las normas estéticas europeas frente a las tradicionales pero sin dejar de tener un aire inequívocamente japonés.
Desde mi punto de vista uno de los más claros ejemplos de lo que vengo sosteniendo es Gengoroh Tagane, nacido en el 64, heredero directo de la generación que vivió los bombardeos atómicos, algo que nunca se debería perder de vista.
 La obra de Gengoroh Tagane es básicamente pornográfica, sin ningún sentido negativo, en absoluto, homosexual y sádica. Este último punto nos debería resultar lógico después de haber visto la historia de Sada Abe. Ahora bien, echemos una somera mirada a los trabajos del autor. Su dibujo no puede ser más a la manera occidental, detallado y realista, escorzos, perspectivas, poco o ningún interés por los elementos naturales, desnudo, de acuerdo, pero viendo la imagen que encabeza este párrafo, por ejemplo, ¿alguien dudaría de que el autor es japonés a poco que sepa de Japón? Lo dudo mucho. Una vez más se ha encontrado una peculiar forma de modernizar sin traicionar. Concretamente en esta imagen, sádica por demás, juega con elementos del shibari que colocan al personaje en una situación límite.
Su ideal masculino son hombres grandes, fuertes, barbados y velludos como el que inicia la entrada, un tipo más occidental que nipón pero viste, cuando viste, un kimono escaso que descubre más que cubre y cuando se le somete a colgarle cosas de partes anatómicas que ya cuelgan de por sí (occidente pone botas, pesos etc) esas cosas son jarrones de porcelana con la carpa pintada. Capa sobre capa el resultado es ante todo culturalmente japonés.
Hace unos años ediciones La Cúpula sacó al mercado español una de las obras cumbres de Gengoroh en tres volúmenes "La casa de los herejes". Evidentemente es un manga. Estéticamente se han sumado los valores gráficos japoneses que llegaron a Marvel, por ejemplo, y los ha vuelto a recoger transformados por la estética de los superhéroes. Perspectivas, sombras, realismo y detallismo, casi de línea clara se podría decir, es mucho decir, claro. Ahora bien, heredero de la manera explicita de expresar el sexo de los shunga, sus imágenes pornográficas tienen una potencia incontestable. Aunque se pudiera admitir que estéticamente está más cerca de occidente, cosa que es muy muy muy cuestionable, la trama va mucho más allá de lo que llegaría occidente en casi todo, ofreciendo al mismo tiempo la visión panorámica de la forma de entender el mundo y la vida del Japón tradicional. Realmente es una historia espeluznante en la que se saltan y profanan los tabús universales casi con familiaridad. Al leerlo llegas a dudar si estás ante una obra pornográfica o un relato de terror, quizás no demasiado alejado del universo de Poe.
De nuevo incluso en algo tan poco "oficial" se logra una síntesis sin traición. Occidente nunca lo ha logrado. Cargamos con demasiados tabús y demasiados eufemismos.

jueves, 9 de agosto de 2018

LA OSCURIDAD JAPONESA

Obra de Toshio Saeki (1945-     )
 
Esta entrada bien pudiera como la anterior entenderse como mis relaciones íntimas con la cultura japonesa pues va a vuelapluma y es "de opinión" .
Como todo, la cultura japonesa tiene sus luces y sus sombras y si en las luces nos sobrecoge su exquisitez en las sombras simplemente nos aterroriza. Es ese aspecto creo que Japón y España se parecen mucho, también nuestras sombras tienen lo suyo aunque, seguramente por el control de la iglesia católica, no las hayamos plasmado de manera tan explicita. Incluso el maestro del lado negro literario, D. Don Ramón Maria del Valle-Inclan, no resulta brutal Estoy desbarrando un poco pues antes de nada hay que decir que las sombras españolas (y olé) son más, casi exclusivamente, sociales y muy apegadas a la cruda realidad. Puede que mi ignorancia sea tan excelsa que caiga en estar en la inopia en este tema pero no tengo presente ningún autor de literatura fantástica hispano, cuentos sí, pero no mucho más. Lo único comparable a la barbarie de las sombras en las artes plásticas japonesas sólo puede ser Don Francisco de Goya y Lucientes, en especial "Los caprichos", "Disparates" y por encima de todo "Los desastres de la guerra" en los cuales no hay ni una pizca de fantasía, desgraciadamente. Japón, en cambio, parte casi siempre de un elemento sobrenatural, tomado de la tradición oral y sus variaciones para crear otros mundos.
Siempre desde mi conocimiento limitado este tipo de obra no aparece, o lo hace muy raramente, en pinturas y grabados. Por supuesto, los combates de los héroes con monstruos sí que son tema de grabados, hemos de contar que el esplendor de la estampa japonesa se alcanza en el XVIII, quizás cuando ya esas tradiciones hayan perdido su fuerza inicial para ser poco más que temas decorativos. El ejemplo más claro es la célebre estampa de Hokusai de la mujer poseída por el pulpo. Se tomó un mito casi fundacional y se le fue degradando para acabar siendo lo que había sido poderoso dragón marino, un pulpo lujurioso y el acto de abrir el vientre a la heroína se convierte en un espasmo casi pornográfico. O sin casi.
Ese es otro tema que arrancaría de los shunga y evolucionaría de una manera a partir de ahí. En Europa hemos tenido que bregar con veinte siglos de castidad artística para acercarnos a ese nivel sexual-sensual. Tema el sexual que, aunque lo parezca, nunca ha estado muy lejos de la oscuridad japonesa: mujeres zorro, mujeres de boca sin fin, mujeres de largos (y fálicos) cuellos, mujeres sin cara, incluso hoy la imagen más terrorífica no gore es la de la mujer-niña con el pelo mojado cubriendo media cara y el ojo libre mirando fijamente hace brincar en sus asientos a media humanidad. Este sería un elemento básico de esa faceta oscura.
Otra sería, demasiado obviamente, Godzila & company. Terror posnuclear que marca todo un género mundial recogiendo algunos elementos indígenas de cada país.
Ante este panorama se siente la tentación de pensar que ese aspecto terrorífico y sádico (El imperio de los sentidos, por ejemplo) arrancaría de las Bombas del 45. Sin embargo, no es así, sino que, como dije más arriba, está presente en la tradición oral y artística pero en otras artes como la prodigiosa y apasionante iconografía del tatuaje.
Con todo ese acervo (en el los yokai no cuentan demasiado) Japón entra en contacto con occidente, seamos rigurosos: las artes japonesas entran en contacto con occidente y asimilan formas y principios que integran es los suyos dando como resultado unas artes que muestra una oscuridad más que perturbadora