viernes, 10 de octubre de 2014

Dos novelas de Yoko Ogawa

 



Naturalemente las fichas de los textos irán como en el blog predecesor de este “Japón en las venas”  http://lci20159-japonenlasvenas.blogspot.com.es/ , pero en este caso al final de la entrada por qué interesa resaltar como la cultura japonesa no sólo contiene un aspecto siniestro muchas veces tras su belleza formal sino como ese lado oculto de la luna permanece ahí en todos los niveles de la actividad cultural, no sólo en estampas, mangas o animé sino incluso en una de las autoras actualmente de mayor éxito y, he de confesarlo, una de mis escritoras/es actuales predilectos. Célebre por la tierna “La fórmula favorita del profesor”; publicada por la misma editorial y colección que las que voy a tratar, y por la inquietantemente inocua “El embarazo de mi hermana”, la trayectoria que ha seguido esta exquisita autora ha evolucionado hacia unos textos delicadísimos, como es el caso de una de las novelas de las que quiero tratar hoy  “Amores al margen”, en la que la un zumbido en los oídos de una joven va dando pie a una misteriosa, extraña y al mismo tiempo de algún modo dulce, historia que quizás pudiera ser de amor pero que para mí resultaría atrevido afirmarlo. Desde luego es una lectura deliciosa y lo que podríamos llamar “fácil” (yo tardé cuatro días y leo despacio y con no demasiada continuidad) pero si tuviera que hablar algo más en concreto se me haría difícil, es más que nada la atmósfera evanescente de una historia que parece írsenos entre los dedos para al final no dejarnos claro qué es lo que hemos estado leyendo, si una historia de amor o una historia de aparecidos, o ambas cosas, pero no cerraría yo la puerta a qué fuera otra cosa: la historia de una redención.
Algo muy diferente  es la más reciente “El museo del silencio”. Un joven es llamado para organizar de nueva planta un museo un tanto especial, un museo dedicado a objetos de muertos. Una especie de homenaje a los muertos. Poco a poco la atmósfera irá cambiando. Personalmente percibí ese cambio en una línea a la que confluye todo lo anterior y que encamina el desarrollo posterior de la trama sin tener nada que ver con ella.
El resultado es una novela fascinante, ocasionalmente incómoda, pero en la línea de la autora capaz de caminar entre dos mundos sin que el lector se dé cuenta de ello hasta que ya está atrapado en el mismo camino entre esos dos mundos. En esta novela encuentro personalmente referencias con otra de las grandes obras maestras de la literatura y el cine japoneses pero mencionarla sería tanto como destripar el relato que, sin embargo, nada tiene que ver en su forma y en su deslizarse. 


Título: “Amores al margen
Autor:  Yoko Ogawa
Editorial:  Funambulista
Ciudad Fecha: Madrid 2013
Edición original: 1991
Traducción:  Yoshiko Sugiyama
Género: Novela          pags.222
Glosario: No
Notas: No
Bibliografía: No
Ilustraciones: No
Precio: 15’50
Calificación personal: 9
 

Título: “El museo del silencio
Autor: Yoko Ogawa
Editorial: Funambulista
Ciudad Fecha: Madrid 2014
Edición original: 2000
Traducción: Yoshiko Sugiyama/ Sergio Torremocha.
Género: Novela          pags. 395
Glosario: No
Notas: No
Bibliografía: No
Ilustraciones: No
Precio: 16€
Calificación personal: 8

domingo, 5 de octubre de 2014

La belleza de lo mínimo: Obidome

Lo primero que cautiva al encontrarnos con la realidad japonesa tradicional es su capacidad de crear belleza, a menudo casi insensiblemente y, sobre todo, de un modo tan completamente ajeno al nuestro que a menudo esa belleza, hablo por la experiencia, la percibimos como un todo sin percatarnos de que está constituida bien por la carencia, el vacío, o bien por detalles mínimos. Sin embargo, si apartamos uno de esos objetos, lo aislamos y lo miramos con detenimiento nos quedaremos, al menos, sorprendidos.
El objeto del que voy a hablar hoy brevemente requiere una explicación previa. Ante todo es usado por las geishas actualmente pero lecturas anteriores no fue exclusivo de ellas. Veamos, todos conocemos más o menos los sucesivos kimonos que se usan. Bien, para cerrar un kimono y tan importante como él o más a efectos estéticos, y nunca olvidemos que en el Japón tradicional lo estético a muy a menudo es simbólico, es la ancha banda de tela que ciñe la cintura hasta hacerla desaparecer -desde nuestro ideal de torso-reloj de arena- y que se anuda más o menos complejamente según ocasión: el obi. El obi ha de ir perfectamente combinado con los diversos tonos de los kimonos, la estación del año, si hay alguna celebración concreta etc.Ciñendo esa amplia y compleja banda de tela se coloca una fina cinta de tela o cordón (el mundo del cordón y los nudos en Japón es algo que tampoco tiene nada que ver con nuestra concepción, como espero que tengamos ocasión de ver) Para sujetar ese cordón se coloca una especie de hebilla llamada Obidome. Esta pieza que puede pasar casi desapercibida así como los adornos en el cabello son los únicos adornos permitidos a una geisha, o mejor aún, a una Maiko (aprendiza) y su origen más o menos realista se remonta a los principios del célebre período de Edo (para simplificar un arduo debate daremos como límites de este periodo 1600 y 1868). Parece ser que las geishas, que nacen por esta época sobre todo Edo y Kyoto, como recuerdo de un cliente o como símbolo de amor usaban una pieza de la decoración del sable, el Menuki. Estas pequeñas piezas iban en las empuñaduras cubriendo pasadores que unían las diversas piezas de las mismas y luego cubiertas por entrelazados y trenzados de galón casi siempre negro durante el periodo de Edo.
Si algo caracterizó este tiempo fue lo que algún historiador ha llamado "la paz de los cementerios", doscientos años de paz e inmovilismo bajo un régimen férreo especialmente dado a ordenar Seppukus y aplicar decapitaciones. Entre las muchas medidas represivas que el gobierno, que recibía el nombre de Bakufu (Campamento) para destacar sus orígenes marciales tuvo lugar lo que se llamó la Katana-gari o caza de espadas. Por supuesto quienes tenían derecho a portar los sables correspondientes no eran el tipo de persona que se relacionaran con una geisha, mucho más dirigida a un público burgués, y mucho menos a andar desmontando sus espadas para dejarles un recuerdo. Pero la moda estaba establecida y así surge el Obidome que -por lo que deduzco de algunos textos del XIX- llegó a no ser exlusivamente femenino usado como signo de estatus entre, por supuesto, los burgueses (Luz y sombra de Soseki, nos deja una pincelada sobre el tema).
En nada se expresa mejor la extrema sensibilidad ni la capacidad de crear belleza japonesas que en los pequeños objetos como estos de los que vamos a ver unos cuantos ejemplos:
Estas piezas en marfil tomadas de http://carvalen.blogspot.com.es/ son especialmente interesantes la primera por el personaje que representa a quien habremos de volver y la segunda por la similitud formal que guarda con la guarda del sable japonés, un mundo aparte.





Como vemos se usan todo tipo de temas, con referencias estacionales, pero también con sentido mágico como el jade o el coral.

miércoles, 24 de septiembre de 2014

La Princesa Takiyasha, vista por Kuniyoshi


Como habréis visto he querido pensarme mucho esta primera entrada “con contenido” no tanto para enganchar, que también,  qué caramba, como para reflejar las intenciones últimas del blog que, sobre las que se presuponen  de divulgar etc, pretenden ofrecer una mirada un tanto diferente, personal del tema tratado.  Cierta biógrafa, no recuerdo quien, pero sí que hace muchos años publicó una biografía de Isabel II, decía que el gran peligro de emprender un trabajo así es enamorarse del personaje, cosa que calificaba de inevitable. Cuanto más cierta no será la afirmación cuando se trata del conjunto de una cultura deslumbrante y enigmática. Nada mejor para que nos enamoremos a primera vista de una mujer que un velo cubriendo su rostro y una actitud huidiza, así nos enamoramos de Japón. El caso es que yo me enamoré  con unos ocho años, en la medida de mis posibilidades –obviamente- que no eran muchas y me volví a enamorar a los dieciocho y ya, me temo, que para toda la vida. O sea, lo que viene siendo un matrimonio por amor. Cuando algo así ocurre, ese enamoramiento del que hablaba la biógrafa se convierte en conocimiento y se suceden descubrimientos de dobleces, rincones, desvanes, telarañas y demás, en suma: que se va conociendo la parte menos vistosa, el lado oscuro para los adictos a George Lucas, que se nos revela aun más fascinante por el hecho de no haber sido ni tan expuesto ni, por tanto, tan contaminado por la occidentalización que durante mucho tiempo Japón interpretó como “modernización”, incluso ahora, a veces llego a dudar si terminan de distinguir ambos conceptos aunque ahora el problema es mucho mayor en la Madre, o sea: China.
Pero no entremos en asuntos de familia y continuemos con lo que nos ocupaba que era esta entrada. Actualmente la visión de Japón transita entre tres puntos de vista: el tradicional, de cultura refinada llena de honor y sangre, de sedas y salvajadas; el que me voy a permitir llamar militarista o testosterónico, basado en un culto deformado y malignizado –por obra y gracia de la corta pero contundente filmografía de Bruce Lee y secuelas- de las Artes Marciales reducidas a fracturas y luxaciones; el tercer punto de vista, especialmente entre los más jóvenes, que se circunscribe al mundo del Manga y del Animé. Bueno, se me olvidaba una cuarta mirada, quizás la más estúpida de todas: la del decorativismo que recurre a “de inspiración zen” ante cualquier cosa incompleta, vacía o simplemente torpe sin tener la menor idea de lo que se habla, pero a esta es mejor no tomársela en serio.
Todas estas visiones son ciertas y simultáneas, y, aunque la cultura japonesa no alcance la antigüedad de la mayoría de las del resto del mundo pues como tal no se puede ir mucho más allá del s. VIII, además por muy moderna que nos pueda parecer, casos del Manga o el Animé, en realidad se encuentran mucho más profundamente enraizadas en lo esencial del “alma japonesa”. 
Como ejemplo de esta divagación un tanto demasiado larga he querido poner una imagen que es, hoy por hoy, un icono del universo gráfico japonés. Se trata de la ilustración en forma de tríptico de la historia de la Princesa Takiyasha.  No es ni mucho menos de las historias o leyendas más conocidas en Occidente, en nuestro descargo diré que son miles las pequeñas o grandes historias que existen y que no todas han tenido ni en Japón la misma repercusión. En lugar de resumir la historia voy a recogerla directamente de un blog : http://informaciondejapon.blogspot.com.es/2009/06/la-princesa-takiyasha.html
Esta es la historia de dos hermanos donde narra la leyenda de la princesa Takiyasha, que trató de vencer a sus enemigos con la ayuda de espíritus. Ella era hija de un noble que murió en el año 940 en una rebelión hecha en contra su señor feudal. Tras la muerte de su padre, Takiyasha se hizo monja. Más tarde ella y su hermanastro conocieron el espíritu de una rana bruja, y ésta usó sus poderes para tramar una rebelión en contra de los enemigos de su padre. Pero Mitsukuni, un guerrero enemigo, descubrió el misterio, fue al palacio y venció a los humanos y a sus aliados sobrenaturales. En la imagen esta la lucha entre la princesa y Mitrukuni. La princesa ha hecho un hechizo para llamar a un enorme fantasma en forma de esqueleto. La aparición trata de atacar a Mitsukuni sobre una cortina de bambú caída, mientras el guerrero arrincona con su espada al hermanastro rebelde.
Si hemos de ser sinceros la mayor parte de nosotros ha visto mil veces los dos tercios de la derecha del tríptico pero rara vez completa la imagen. Es evidente que el aspecto terrorífico atrae más que un aspecto legendario que nadie nos cuenta; y es lástima pues en esta estampa de Kuniyoshi (1797 – 1861) se pueden detectar un buen número de temas recurrentes de lo que va a ser, mejor dicho, de lo que ya era la cultura japonesa. Las historias de venganza, traición y de hermanos dedicados a ellas son relativamente frecuentes, siendo quizás la más popular y querida la de los hermanos Soga. La propia fecha nos da el periodo quizás más belicoso entre señores feudales que desde el siglo XII no cejaron en sus guerras internas hasta fines del XVI con un largo proceso unificador a base de sangre y traición que llevó al poder al inefable Tokugawa Ieyasu que logró pacificar y paralizar el país hasta 1868. Otro hecho a resaltar es que la cualidad mágica está en manos de la mujer, permaneciendo hasta hoy desde la noche de los tiempos la tradición femenina de las médium y otros aspectos mágicos. La propia estructura de la historia se presta a una obra de teatro kabuki tan en boga en la época en que se realizó la estampa y, ya para terminar este aspecto, nos abre las puertas a un mundo oscuro con ese gigantesco esqueleto amenazante. Único aspecto que parece interesar a quienes reproducen la imagen, sencillamente por qué la figura femenina a la izquierda descoloca el arquetipo de los dos varones perfectamente armados enfrentados, uno de ellos protegido por el esqueleto colocándonos de nuevo ante el cómodo y conocido enfrentamiento del bien y del mal.
¿Dónde quiero ir a parar con todo esto? Pues a que Japón quizás sea la única cultura que ha sabido y querido preservar a lo largo de la historia prácticamente todos los frutos de su cultura, leídos de un modo u otro pero siendo los mismos. Eso nos desconcierta pues creemos como en este caso estar viendo casi un comic inspirado por Marvel y nos encontramos con que no sólo es exactamente al contrario sino que la fuerza que conserva desde el XVIII viene respaldada por la tradición prácticamente desde los orígenes de la historia japonesa. Kuniyoshi, desde luego, no tiene la exquisitez de Utamaro, o el sublime talento de Hokusai pero es sin duda el mejor artista del grabado en madera tratando temas de samuráis, combates y escenas de acción. Mientras tanto Utamaro como Hokusai trabajan perfeccionando un lenguaje, Kunyoshi y otros muchos como Hiroshige lo completan y adecuan a la demanda con una destreza prodigiosa que no sólo inspirará las formas de ciertos comics occidentales sino que frecuentemente éstos serán poco menos que interpretaciones tal cual. Teniendo en cuenta todo esto es como hay que afrontar todo fenómeno cultural japonés de cualquier tipo.
Un último detalle que demuestra algo que no he querido tratar antes: el desprecio y desinterés profundo con que se aborda el tema a un nivel que no sea la mera superficie. Me explico. No todo el grabado japonés, cumbre sin duda de la xilografía universal, es o pertenece al género llamado Ukiyo-e. El Ukiyo es un género, no una técnica, por tanto el uso indiscriminado del término ante cualquier grabado japonés, como ocurre en la mayoría de los casos nos induce a error y muestra el desinterés por lo que vaya más allá de la pura forma. Supongo que tiempo y ocasión tendré de extenderme sobre alguno de estos temas. Baste por hoy conocer a la princesa y abrir un poco más el abanico de las posibles miradas sobre el arte y la cultura japonesa.