lunes, 27 de agosto de 2018

GENGOROH TAGANE, EJEMPLO DE FUSION

 En la entrada anterior parecía estar un tanto en el universo de la guerra de las galaxias pero no. Es evidente que las luces producen sombras pero también que lo que en Oslo es un día normal, en Sevilla es una helada histórica. Habíamos dejado el tema en el punto en que la cultura japonesa entra en contacto con la occidental de un modo radical. Por aclarar un poco, Japón entra en contacto con la cultura occidental en la era Meiji en el XIX, las influencias de escritores anglosajones y franceses en los inmensos narradores de la segunda mitad del XIX y del XX nos lo demuestran. Sin embargo, aunque sea un tanto tosco el concepto, poco pulido, creo que con el militarismo se produce un cierto alejamiento relativo de la cultura occidental. Por eso cuando digo que entró en contacto de un modo radical me refiero al momento en que tras la guerra del Pacífico Japón se ve envuelto en un juego de fuerzas contrarias y centrífugas algunas pero que hacen que el choque de nuevo con Occidente y su cultura sea brutal, absoluto e irreversible. Sobre todo es tan potente que en pocos años ya es difícil saber quien influye a quien.
En ese lado del arte que no es apto para menores y que, por tanto, ni se menciona ni se toma demasiado en serio, el erotismo y la pornografía, es donde quizás sea más evidente o mas espectacular si se quiere el pulso con que Japón ha tomado casi literalmente las normas estéticas europeas frente a las tradicionales pero sin dejar de tener un aire inequívocamente japonés.
Desde mi punto de vista uno de los más claros ejemplos de lo que vengo sosteniendo es Gengoroh Tagane, nacido en el 64, heredero directo de la generación que vivió los bombardeos atómicos, algo que nunca se debería perder de vista.
 La obra de Gengoroh Tagane es básicamente pornográfica, sin ningún sentido negativo, en absoluto, homosexual y sádica. Este último punto nos debería resultar lógico después de haber visto la historia de Sada Abe. Ahora bien, echemos una somera mirada a los trabajos del autor. Su dibujo no puede ser más a la manera occidental, detallado y realista, escorzos, perspectivas, poco o ningún interés por los elementos naturales, desnudo, de acuerdo, pero viendo la imagen que encabeza este párrafo, por ejemplo, ¿alguien dudaría de que el autor es japonés a poco que sepa de Japón? Lo dudo mucho. Una vez más se ha encontrado una peculiar forma de modernizar sin traicionar. Concretamente en esta imagen, sádica por demás, juega con elementos del shibari que colocan al personaje en una situación límite.
Su ideal masculino son hombres grandes, fuertes, barbados y velludos como el que inicia la entrada, un tipo más occidental que nipón pero viste, cuando viste, un kimono escaso que descubre más que cubre y cuando se le somete a colgarle cosas de partes anatómicas que ya cuelgan de por sí (occidente pone botas, pesos etc) esas cosas son jarrones de porcelana con la carpa pintada. Capa sobre capa el resultado es ante todo culturalmente japonés.
Hace unos años ediciones La Cúpula sacó al mercado español una de las obras cumbres de Gengoroh en tres volúmenes "La casa de los herejes". Evidentemente es un manga. Estéticamente se han sumado los valores gráficos japoneses que llegaron a Marvel, por ejemplo, y los ha vuelto a recoger transformados por la estética de los superhéroes. Perspectivas, sombras, realismo y detallismo, casi de línea clara se podría decir, es mucho decir, claro. Ahora bien, heredero de la manera explicita de expresar el sexo de los shunga, sus imágenes pornográficas tienen una potencia incontestable. Aunque se pudiera admitir que estéticamente está más cerca de occidente, cosa que es muy muy muy cuestionable, la trama va mucho más allá de lo que llegaría occidente en casi todo, ofreciendo al mismo tiempo la visión panorámica de la forma de entender el mundo y la vida del Japón tradicional. Realmente es una historia espeluznante en la que se saltan y profanan los tabús universales casi con familiaridad. Al leerlo llegas a dudar si estás ante una obra pornográfica o un relato de terror, quizás no demasiado alejado del universo de Poe.
De nuevo incluso en algo tan poco "oficial" se logra una síntesis sin traición. Occidente nunca lo ha logrado. Cargamos con demasiados tabús y demasiados eufemismos.

jueves, 9 de agosto de 2018

LA OSCURIDAD JAPONESA

Obra de Toshio Saeki (1945-     )
 
Esta entrada bien pudiera como la anterior entenderse como mis relaciones íntimas con la cultura japonesa pues va a vuelapluma y es "de opinión" .
Como todo, la cultura japonesa tiene sus luces y sus sombras y si en las luces nos sobrecoge su exquisitez en las sombras simplemente nos aterroriza. Es ese aspecto creo que Japón y España se parecen mucho, también nuestras sombras tienen lo suyo aunque, seguramente por el control de la iglesia católica, no las hayamos plasmado de manera tan explicita. Incluso el maestro del lado negro literario, D. Don Ramón Maria del Valle-Inclan, no resulta brutal Estoy desbarrando un poco pues antes de nada hay que decir que las sombras españolas (y olé) son más, casi exclusivamente, sociales y muy apegadas a la cruda realidad. Puede que mi ignorancia sea tan excelsa que caiga en estar en la inopia en este tema pero no tengo presente ningún autor de literatura fantástica hispano, cuentos sí, pero no mucho más. Lo único comparable a la barbarie de las sombras en las artes plásticas japonesas sólo puede ser Don Francisco de Goya y Lucientes, en especial "Los caprichos", "Disparates" y por encima de todo "Los desastres de la guerra" en los cuales no hay ni una pizca de fantasía, desgraciadamente. Japón, en cambio, parte casi siempre de un elemento sobrenatural, tomado de la tradición oral y sus variaciones para crear otros mundos.
Siempre desde mi conocimiento limitado este tipo de obra no aparece, o lo hace muy raramente, en pinturas y grabados. Por supuesto, los combates de los héroes con monstruos sí que son tema de grabados, hemos de contar que el esplendor de la estampa japonesa se alcanza en el XVIII, quizás cuando ya esas tradiciones hayan perdido su fuerza inicial para ser poco más que temas decorativos. El ejemplo más claro es la célebre estampa de Hokusai de la mujer poseída por el pulpo. Se tomó un mito casi fundacional y se le fue degradando para acabar siendo lo que había sido poderoso dragón marino, un pulpo lujurioso y el acto de abrir el vientre a la heroína se convierte en un espasmo casi pornográfico. O sin casi.
Ese es otro tema que arrancaría de los shunga y evolucionaría de una manera a partir de ahí. En Europa hemos tenido que bregar con veinte siglos de castidad artística para acercarnos a ese nivel sexual-sensual. Tema el sexual que, aunque lo parezca, nunca ha estado muy lejos de la oscuridad japonesa: mujeres zorro, mujeres de boca sin fin, mujeres de largos (y fálicos) cuellos, mujeres sin cara, incluso hoy la imagen más terrorífica no gore es la de la mujer-niña con el pelo mojado cubriendo media cara y el ojo libre mirando fijamente hace brincar en sus asientos a media humanidad. Este sería un elemento básico de esa faceta oscura.
Otra sería, demasiado obviamente, Godzila & company. Terror posnuclear que marca todo un género mundial recogiendo algunos elementos indígenas de cada país.
Ante este panorama se siente la tentación de pensar que ese aspecto terrorífico y sádico (El imperio de los sentidos, por ejemplo) arrancaría de las Bombas del 45. Sin embargo, no es así, sino que, como dije más arriba, está presente en la tradición oral y artística pero en otras artes como la prodigiosa y apasionante iconografía del tatuaje.
Con todo ese acervo (en el los yokai no cuentan demasiado) Japón entra en contacto con occidente, seamos rigurosos: las artes japonesas entran en contacto con occidente y asimilan formas y principios que integran es los suyos dando como resultado unas artes que muestra una oscuridad más que perturbadora


miércoles, 1 de agosto de 2018

RELACIONES MUY INTIMAS

Sí, es la única manera con la que puedo definir la relación que mantengo desde hace muchos años con la cultura japonesa y su entorno.
Ahora, realmente, ya no sé si es amor, adicción o puro masoquismo. Quizás cabría todo en el término fascinación. No necesariamente para bien, no confundamos. Más o menos quien se acerca en serio a la cultura japonesa acaba como el hombre de la ilustración, atrapado por ella y sin escapatoria posible. No importa cuanto intente alejarse de ella, vuelve siempre, o, algo curiosísimo, te vuelve a ti. Encuentras a alguien, o algo, o te preguntan. De algún modo el tentáculo, tan amado por ellos, sigue sin soltarte aunque sepas que no puede salir nada nuevo ni bueno de ese reencuentro, a veces ni siquiera placer estético.
Hubo un tiempo en que estudié Japón de un modo que quería ser profesional, de hecho me doctoré en arte japonés. Bueno, ya sabemos que es tema minoritario (¿en serio?) y que poco charco para demasiados peces y algún que otro lagarto/a. No es eso de lo que quiero hablar sino de algo más sutil (como japonés que es, claro) y que en román paladino se traduce en la enorme cantidad de dificultades que, no se sabe de donde, aparecen para investigar en cuanto se huele (quien sea) que vas en serio. Entre eso y la vieja técnica del cuco me decidieron a abandonar la investigación, más el veneno, el tentáculo, me tenía demasiado atrapado como para poder alejarme de la fascinación. Cuando lo hice las dificultades, no sólo para mí, iban creciendo y bajando. Explícome: crecían en número y bajaban los salarios por conferencia, por ejemplo.
Me alejé si no con alegría sí con cierto alivio, una especie de "ahí os quedáis" castizo, pero como dice el tango, siempre se vuelve al primer amor. Aunque no se quiera. No ha mucho apareció un viejo fantasma de entonces. Cuando le conocí era un joven pujante y enérgico, hoy parece succionado como uno de esos seres sobrenaturales de la tradición japonesa. No es de extrañar, por lo que me estuvo contando le va bien, claro que ese concepto al hablar de estudios japoneses puede no ser lo que parece. Las dificultades no han crecido, se han convertido en otra cosa parecida a un intento de control de lo que se dice cuando y donde en función de no sé sabe (o sí) de qué intereses. Lo curioso es que no viene de un único frente y que el resultado viene a ser (perdón por la exageración) una investigación "al dictado". Esto dices, esto no dices, lo de más allá me lo cambias. Por supuesto la dosificación de la que ya hablaba el Dr. Vallejo Najera en Mishima o el placer de morir permanece (en la cultura japonesa todo permanece salvo la mirada)
Resumiendo y para acabar esto es un aviso a navegantes. La investigación actual sobre cultura japonesa hay que cogerla con pinzas, no es que carezca de rigor (casi nunca) o de trabajo sino de ese filtro de cristal que está, por que está, pero no se ve por que es demasiado sutil. Me encantaría poder decir que la investigación está prostituida pero no puedo. Primero por que como decía Filomena Marturano "aquí no paga nadie" y segundo por que mal se puede uno prostituir por algo tan adictivo y hermoso como las artes japonesas. "Mediatizada", tampoco exactamente, "controlada", no, por Dios. En fin que como no sé explicarme mejor dejo a vuestro leal saber y entender el sentido.´
Sólo un par de cosas más: hay muchos investigadores que se están dejando la piel con un trabajo serio y profundo, riguroso y contundente. El problema es cuando esos trabajos llegan a nuestras manos que no es que se hayan cambiado pero... En suma y en sigue: si cualquier texto requiere una mirada distanciada y crítica, los frutos de los muy formados investigadores actuales de la cultura japonesa, hay que "trabajárselos" un poco más para distinguir donde acaba la aportación del autor y empieza otra cosa.
Todo esto se podría decir con palabras más contundentes y que dejaran más claro el asunto pero ya no sería políticamente correcto (de hecho, esta entrada ya no lo es) y además dada la dureza del castellano no serían probablemente justas.

martes, 5 de junio de 2018

SHUNGA: UNA ENTRADA A VUELAPLUMA



Partiendo del peincipio de que no soy un experto en el tema y después de haber visto unos pocos cientos de estampas de este tipo y sin querer sentar cátedra podría aportar alguna reflexión, si no nueva, si en otro contexto. Una de ellas sería encontrar los rasgos comunes a todos ellos (o a casi todos, recordemos que la excepción confirma la regla) y, a su vez, elementos que desde occidente nos sorprenden como objetos que puedan ser considerados eróticos.

Pausa considerativa: es complejo el tema si entramos a definir y separar lo que es pornográfico de lo que es erótico y no ya solo por las diferencias de las culturas sino por la diferentes visiones dentro del mismo entorno cultural y las posición moral o religiosa que rija en cada momento y en cada sitio. Tras arduos debates con el grupo de investigación no llegamos a ninguna conclusión que pueda ser válida a la hora de responder a ¿los shunga son eróticos o pornográficos? Y dado que, oficialmente, tengo libertad de pensamiento, me permito expresar la mía antes de seguir con los rasgos comunes. La diferencia entre uno y otro concepto es tan delicada como una telaraña y, al final, está en el ojo de quien mira. Más importante es la cuestión de base del conflicto. Me refiero a que si consideramos una experiencia artística de cualquier tipo erótica es algo positivo o por lo menos tolerable, en cambio si lo consideramos pornográfico no lo es y empiezan los escándalos y demás. Recuerdese cuando la Maja desnuda era pornográfica. Ahora bien ¿alguien me puede decir qué tiene de malo la pornografía ante los adultos? O yo soy un depravado o estamos todos locos. Tengo casi sesenta años (hala el abuelo este!) y todavía no he encontrado nada negativo en la pornografía entre y para adultos, sin olvidarnos de que sea consentida en el caso de la fotografía, películas y demás (en las artes tradicionales no creo que usaran muchos modelos para estas cosas) Pero los limites son los mismos que para cualquier otra manifestación (llevaríamos a nuestros hijos a ver “Esperando a Godot”, pongo por caso) y para ir cerrando esta pausa considerativa expondré mi posición ideológica ante el tema, erotismo y pornografía son lo mismo a nivel universal, a nivel de nuestra cortita visión eurocéntrica se puede considerar que la pornografía es el erotismo pasado de rosca. Ahora bien y dejo el asunto en el aire: la Historie d’O película se consideró erótica cuando es una de las películas más brutalmente agresivas a lo establecido en las relaciones hombre-mujer. Sin embargo, vemos una porno estándar: cuerpos desnudos, besos, prácticas placenteras, gozo físico y el esplendor completo de los cuerpos humanos. Cual de ambas tiene elementos mas dañinos para la mente del hombre occidental. Y conste que Histoire d’O la vi con quince años. (aquellos cines de verano) que viene a ser la peor edad para verla.

 
Obviando pues el tema de lo erótico/pornográfico del shunga, que tanto ha dado que hablar, veamos algunos de los rasgos que veo que son comunes en todos las épocas y otros que a ojos occidentales nos resultan, cuanto menos, desconcertantes.

Uno de los más llamativos a nuestros ojos y característico es la ausencia prácticamente total del desnudo. Creo que, frente a nuestra cultura grecolatina que ha consagrado el desnudo artísticamente y condenado moralmente, la japonesa no ha hecho ni una cosa ni otra. En las artes el desnudo es prácticamente inexistente y en la vida real no tuvo mayor importancia hasta la era Meiji que copió, también en esto, patrones occidentales. El caso es que ante el desnudo se mantiene en Japón una posición ambigua y desconcertante hasta cierto punto. Por un lado los ya mencionados baños comunes y sus peculiares abluciones, por otro la intensa producción de mangas o libros ilustrados claramente pornográficos en los que, en no pocos se “pixela” la zona genital, no en todos desde luego, y, frente a esta actitud más o menos abierta, la legislación japonesa puede encerrar a quien muestre el vello púbico.

Si atendemos, de momento, al aspecto y las razones culturales o estéticas por mejor decir, nos daremos cuenta que no solo las figuras están vestidas y cuidadosamente descubiertas las zonas genitales sino que esos vestidos están jugando un papel fundamental en el plano plástico con sus curvas y contracurvas, las líneas de los estampados y los colores de las diversas prendas superpuestas y sus respectivos estampados. En otras palabras: es una armonía la que se busca en la que se prioriza la parte “pedagógica” pero dentro de un entorno estético tan importante como ésta. Si para occidente el desnudo es un fin en sí mismo, y más si es un desnudo más o menos erótico, en Japón es parte de un todo en el que no ocupa un segundo plano el juego cromático y lineal de las vestimentas. Es evidente que hay shungas con desnudos pero son una aplastante minoría y casi casi me atrevería a decir que de temática homosexual, al menos en su mayoría.

Otro punto característico es el tamaño. Si el tamaño no importa, dicen, los japoneses no se lo creen, o al menos eso dan a entender sus estampas. Los miembros son descomunales y “fornidos” siempre en su esplendor y venosos marcando la fuerza de su imagen, excepción hecha de los miembros viriles de los jovencitos en las estampas homosexuales. En suma: las zonas genitales están muy desarrolladas y destacadas siempre tanto en varones como en mujeres. Mientras occidente, desde Grecia, minimizaba el aparato genital llegando al portentoso invento de la hoja de parra, tan oportuna como difícil de sostenerse, los japoneses nos muestran sexos gloriosos a pleno rendimiento y, lo que viene a resultar lo más importante, sin ningún tipo de clandestinidad ni persecución.

Esta misma potencia en los trazos de los genitales les lleva a veces, sobre todo en estos tiempos, a resultar poco menos que brutales, sin reparo alguno. Sin reparo alguno como nos muestran ejemplos como la trilogía “La casa de los herejes” ilustrada por Gengoroh Taname, en la que se aborda partiendo la tradición cultural y social japonesa (concretamente antes de la Guerra del Pacífico) y desde un planteamiento claramente sádico no sólo la promiscuidad a la que someten al protagonista, sino el espinoso tema del incesto, llegando al culmen en el episodio del hijo violando al padre. De hecho, las relaciones incestuosas son la base del relato. Reconozco que las ilustraciones puede que deban mucho a occidente (el desnudo, por ejemplo) pero no desde luego ni su tratamiento en la página ni en sus planteamientos generales.

Siguiendo con los rasgos que yo he detectado como comunes cabría afirmar que siempre (supongo que con alguna excepción que no he visto) son escenas de pareja de todo tipo, sí, pero pareja a la que ocasionalmente se suma en un segundo plano un espectador hombre o mujer, si es varón suele ser un anciano lo que se presta a novelear con lo que está ocurriendo. Nada de orgías o desparrames. Al contrario, siempre en interiores detalladamente representados.
Un aspecto mas que como occidentales


miércoles, 6 de diciembre de 2017

Ddark Water (2)


Un pequeño yate realiza “Un crucero de ensueño” por la bahía de Tokyo, lo tripula un matrimonio burgués de medio pelo que no sabe hacerlo sino a duras penas y con el motor. Parece un inocente paseo pero es un compromiso social interesado. Tienen un invitado a quien entretener; invitado que, por su parte, no gusta de su compañía ni mucho menos de su destreza naval. Esas son las apariencias, La realidad no es exactamente igual. El invitado, hombre joven, soltero y dedicado a los negocios. El matrimonio, parlanchín e insustancial va tejiendo (o intentándolo al menos) muy lentamente una telaraña de promesas insinuadas  y descalificaciones personales (“hombre sin ambición”, por ejemplo) con el único objetivo de lograr que el invitado invierta en una especie de empresa múltiple, en la que ellos ganan según el número de socios que recluten. Nuestro hombre no cae pero el matrimonio, inepto y arrogante, tarda demasiado en iniciar el regreso  y en la bahía de Tokyo ha caído la noche que no por clara gracias a una hermosa luna resulta menos inquietante. El barco se detiene de golpe sin otra causa aparente que la posibilidad de que la hélice se haya enredado. El marido, torpe, se sumerge y encuentra una zapatilla infantil con los cordones enredados. El barco sigue sin avanzar y el invitado pone la zapatilla con la cabeza de Mickey Mouse como si fuera un pequeño barquito, la noche, sin embargo, es larga… en la bahía de Tokyo.

En “El barco a la deriva” un joven pescador vuelve a Japón tras una larga temporada de pesca en un gran barco. Vuelve decidido a casarse y decidir junto a su esposa si seguir en la mar o no. Desde niño ha sido lo que podríamos llamar “un soñador del mar”. Por sorpresa el gigantesco pesquero encuentra, o mejor, está a punto de tropezar con un lujoso yate, extrañamente vacío y deciden remolcarlo. Un hombre debe ir en él por si surge algún imprevisto y nuestro hombre, que siempre ha soñado con poseer uno de esos barcos, consigue que le nombren a él para tal misión. Durante unas horas disfruta de los lujos que contiene, luego comienza a leer el cuaderno del Patrón/padre de la familia que eran a la vez pasaje y tripulación. A partir de aquí la historia entra en una dinámica más espeluznante a cada palabra. Sin destripar nada cabe apuntar que el casi eterno mito ¿mito? del buque fantasma, reaparece pero, eso sí, con un perfume y un toque japonés que le aleja de otras historias sobre el mítico navío. Ni soy experto no cosa parecida pero me atrevería a decir que en este relato es en el que más se aprecia de los grandes del terror occidental: Poe y Lovecraft en especial.

La acuarela”. En una vieja discoteca reconvertida en ocasional sala de teatro alternativo una pequeña pero exitosa compañía llena de tensiones estrena una función. En la primera escena, antes de la primera frase le cae una gota de agua desde el techo en la mejilla a la protagonista. Ahí arranca una tan peculiar como extraña historia con un final sorprendente y muy, muy abierto.

El bosque en el fondo del mar”, igualmente situado en las proximidades de la bahía de Tokyo este relato quizás sea el más estremecedor de la selección. Un joven padre y un amigo aficionados a la espeleología encuentran la entrada a una caverna. A partir de ahí la historia se precipita inevitablemente hacia la tragedia. En realidad el relato tiene un doble final pues el primer capítulo termina en 1975 y el segundo se desarrolla en 1995. Si el final del primer capítulo es algo más que aterrador el del segundo es casi triunfal aunque bajo ese aspecto resulta en extremo desasosegante.
Hay un prólogo y un epílogo que resaltan el hilo invisible que da una cierta unidad al conjunto, cuyo eje, como nos dice el título, es el agua. Una peculiar mirada sobre el agua. El volumen es una recopilación hecha en 1996 de relatos publicados en diversas revistas, eso sí, aterradoramente coherentes

jueves, 12 de octubre de 2017

Suzuki, Koji: “Dark wáter”


Aunque no es precisamente una novedad editorial dado que fue publicado en 2015, como veis no llevo al día mis lecturas, no he podido resistirme a hacer algunos comentarios incluso antes de terminar su lectura precisamente por eso,  por estar “sumergido” en ella. Cualquier dato biográfico lo encontraremos en la red por lo que no voy a entrar en ellos. Supongo que por pura pereza no suelo analizar los libros de cuentos cuento a cuento,, las referencias cruzadas que voy estableciendo acabarían por hacerme confundir unos con otros.
El volumen recoge ocho relatos ni breves, ni fáciles.
Agua que se agita”: comienza con la descripción del agua en un vaso a través de la mirada de la protagonista. Es el Japón posterior al estallido de la burbuja inmobiliaria, en uno de tantos edificios de los que apenas se han vendido unos pocos pisos comienza la historia. (Quizás sean cosas mías pero un edificio de apartamentos vacío, quizás por conocido y cercano, resulta mucho más aterrador que un castillo en los Cárpatos con un compañero de piso llamado Vlad). Vamos pues conociendo a las protagonistas: una niña de seis años y su madre divorciada que ha acabado en ese edificio siguiendo criterios tan prácticos como prosaicos: cercanía del trabajo y de la guardería. Sin describirlo el edificio podría considerarse uno más de los protagonistas, con loa elementos arquitectónicos más corrientes: la bañera, el ascensor, el depósito de agua en la azotea,  la conserjería. Con estos elementos y un inocente bolsito de Hello Kitty el autor desarrolla un estremecedor relato que no sabemos si ocurre o no y no solo por la siempre desconcertante alusión japonesa sino con claras referencias occidentales que no menciono para no destripar la trama. Este relato parece poseer una oculta hebra poética que, como el propio cuento, se corta con un fina rápido que deja más preguntas que respuestas en el aire.

Igualmente en el Tokyo actual se ambienta “En una isla desierta”, segundo cuento de esta colección editada como tal en 1976. Parte de dos elementos que tienen una base real: unas islas artificiales en la bahía de Tokyo y algo que resulta casi recurrente a lo largo de la literatura japonesa contemporánea: la relación entre alumnos brillantes y “populares” en alguna fase de la educación con los más anodinos de sus compañeros, un ejemplo ajeno a este autor  sería “Los sables” de Yukio Mishima, Relaciones que perduran manteniendo la misma jerarquía a lo largo del tiempo. En este relato la clave –y lo que en mi opinión constituye el verdadero horror- es el compañero deslumbrante que mantiene una esporádica amistad con el compañero opaco y siempre en actitud pasiva, espectador admirado, que continúa durante la juventud de ambos. En un momento dado, el relato recoge tres charlas entre ellos, en la segunda concretamente, el compañero brillante le cuenta vanagloriándose como de una hazaña, algo sórdido y cruel. Su amigo no le cree. Teniendo veintitrés de edad el  héroe del Instituto enferma de muerte. Su amigo acude a visitarlo y le pregunta si es cierto aquello que le contó y el moribundo, triunfal, asiente. Algunos años después un viejo profesor organiza una expedición y él ve la ocasión de comprobar si es o no cierto o no. Sin destripar o hacer “spoiler” no puedo contar más pero lo que personalmente me ha resultado más aterrador es como el macho alfa, amoral y sádico, sigue siendo admirado por el honrado profesor y como las jerarquías que nacen en la fase educativa perduran a pesar de todo… ¿Quizás se esté produciendo aquí una clara influencia estadounidense en cuya cultura televisiva es un tema constante, pero constante de verdad, pero japonizado o simplemente una más de las manifestaciones del ancestral sentido jerárquico/confuciano de ver el mundo de la cultura japonesa. Y no sé que me resulta más aterrador.

El agujero”,  gira en torno a un pescador con una familia de larga tradición de enfermedades mentales y él es, evidentemente, un alcohólico. El relato comienza a través de la mirada del hijo mayor ante la brutalidad paterna que estalla sin necesidad de motivo alguno-, casi sin darnos cuenta hemos entrado en el delirio del padre siguiendo una espiral entre alucinante y enloquecida dando un giro final sino sorprendente, sí  inesperado. En el delirio y desde nuestro punto de vista se ofrece una notable riqueza sociológica, tanto por lo que dice como por lo que calla. Por cierto, seguimos en la bahía  de Tokyo.

viernes, 29 de septiembre de 2017

Sada Abe, la castración como espectaculo o "El imperio de los sentidos"

 La historia resumida en una estampa de Zanuichi Hanawa
Frente al Japón más o menos de postal que no podemos evitar tener en la cabeza gracias a su soberbia estética, existe, un Japón oscuro y siniestro que en nada desmerece a Poe o Lovecraft. La literatura japonesa del XIX siempre –y digo con osadía, siempre- por muy apacible que nos parezca posee una especie de corriente subyacente de algo que los occidentales no dudaríamos en calificar de siniestro. Si se me permite una referencia cinematográfica aludiré a “La sombra de una duda” , obra maestra sin duda alguna: una pequeña ciudad tranquila, una familia corriente que recibe a un pariente largamente esperado. Con los primeros fotogramas en los que vemos la ciudad “sabemos” que hay algo siniestro en tan apacibles imágenes. A mi leal saber y entender la narrativa japonesa no fantástica (Oé, Mishima, Tanizaki) tiene ese algo siniestro que ni se menciona ni se sobreentiende pero está. Seguro que esto es discutible y que quizás tenga más que ver con los patrones culturales que con otra cosa. En la literatura fantástica ya nos movemos en otro nivel. Sin embargo, la sociedad japonesa, como todas, tiene un lado oscuro que, a diferencia de Occidente, no parece ser tan tabú. Creo que Japón camina sobre la cola del tigre y mantiene un difícil equilibrio en este tema.
Ese, digamos costado umbrío, resulta un tanto sobrecogedor cuando la literatura fantástica está tan cerca de la realidad. De hecho, en pocas ocasiones aquello de que “La vida imita al arte” ha estado tan cerca de ser verdad absoluta que en el caso que nos ocupa; más tarde será el arte quien imite a la vida de las formas más inesperadas y, lo más importante, sin traicionarse como estética.
El caso al que me estoy refiriendo es el “Caso de Sada Abe” que, pese a parecer historia más propia del periodo de Edo que del siglo XX, sucedió en 1936. Como quien dice, ayer desde la perspectiva del historiador. Una prueba más de que las diversas “historias” (social, artística, política, etc.) van desajustadas. Un ejemplo para mí contundente; la Emperatriz Isabel de Austria fue asesinada en 1898 y sólo siete años después Picasso pinta “Las Señoritas de Avignon” mientras el desconsolado viudo sigue al frente de un imperio medieval y absolutista. ¿Hay algo más impensable que pensar que fueran sucesos coetáneos? A esto me refiero al hablar de “historias desajustadas” siendo la que nos ocupa un ejemplo más.
Aunque parezca más propio de la prensa sensacionalista en el fondo vamos a contar una historia de amor y entrega, perversos, retorcidos, casi diabólicos pero amor y entrega al fin y al cabo.
Para empezar hemos de remontarnos a 1905, a Kanda, cerca de Tokyo, y a la casa de un fabricante de tatamis, Katsu Abe, donde nacieron ocho hijos. De todos ellos no intereras el séptimo, una niña, Sada. Como en la mayoría de las biografías sabemos poco de sus primeros años: clase media y poco más, quizás algo malcriada pues de los ocho hijos nacidos sobrevivieron tan sólo cuatro siendo Sada la más pequeña de éstos. Como en cualquier biografía de cualquier mujer de sexualidad libre se habla de violación siendo muy joven. Es un clásico. Sin embargo, como siempre en estos casos, no existe ninguna certeza.
Ya con más seguridad nos llega que con un carácter irritable y difícil desarrolló una sexualidad tan extraña que la familia la vendió a una casa de geishas a los catorce años posiblemente con la intención de disciplinar la vida de la joven, encauzar esa sexualidad que no entendían y sacarse algún dinerillo. Al fin y al cabo un burgués es un burgués. Peculiar, por no decir rarísimo, que la casa de geishas comprara una muchacha tan mayor, pues entonces se consideraba muy tarde para iniciar la formación de geisha que, como ya sabemos, es extremadamente dura. Desarrolló su trabajoen el distrito rojo de Tobita, en Osaka, bien de prostituta o de geisha de muy bajo nivel (el mundo de las geishas es uno de los más jerarquizados que imaginarse pueda) cobrando fama de conflictiva tanto con los clientes como con las “casas” donde trabajaba de las que intentó escapar varias veces. Cuando lo logró cambió de identidad para librarse de las deudas contraídas con sus proxenetas. Aunque en este aspecto los proxenetas de hoy no hayan cambiado de método, he de destacar que en los años la prostitución era legal en los barrios de placer. Tanto entre burdeles  como entre las casas de geishas del nivel que fueran las relaciones sociales entre ellos eran tan complejas y protocolarias como cabe esperar de la cultura japonesa. De Osaka pasó a Tokyo y de la prostitución legal –reglada y controlada- a la ilegal. En cualquier caso hay que destacar que hizo varios intentos de escapar de ese sórdido mundo en varias ocasiones sin conseguirlo.
En uno de estos intentos entró a trabajar como camarera en un pequeño hotel regentado por quien habría de ser el hombre de su vida: Kichizo Ishida.
Pese a su sexualidad exacerbada y extraña y a haberse desarrollada en la práctica mecánica del sexo, Sada no había vivido más que la parte más carnal y menos sana del sexo. Será Kichizo (Kichi) quien la descubra e inicie en otro tipo de sexualidad más hedonista y sensual, quizás incluso espiritual. ¿Enamoramiento? Pues a juzgar por las declaraciones “a posteriori” yo no podría negarlo por mucho que nos cueste entenderlo desde aquí y ahora.
Kichi parece ser que era hombre sensual y abierto a todo en el sexo, Sada, diestra en los resortes físicos descubren juntos una nueva dimensión del mundo de la carne. Su encuentro debió para ellos un seísmo interior y una revelación erótica en la que cabe todo, todo, absolutamente todo. La intensidad de sus prácticas sexuales fue creciendo en variedad hasta llegar a juegos sibaritas sadomasoquistas. Fuese por sus naturalezas, su voluntad o arrollado por la torrencial y viciada de Sada, era Kichi quien ocupaba la posición inferior, sumiso o, como se diría ahora, el pasivo y a lo que parece de muy buen grado pues ni siquiera se recataban lo más mínimo cuando salían llevándole cogido por los genitales en plena calle. Genitales por los que Sada fue desarrollando una obsesión acuciante que en nada molestaba a Kichi (¿A qué hombre lo haría?) mientras las espiral en busca de más y más placer crecía hasta arrastrarles.
Sin límites, Sada entregada a juegos cada vez más intensos y Kichi entregado a Sada, llegaron a una tan antigua como peligroso: la axfisiofilia, evidentemente, es una parafilia consistente en privar a la pareja o a sí mismo de la libre entrada del aire, existen ejemplos muy antiguos pero parece ser (según deduzco por lo que veo pero es sólo una opinión) que se puso un tanto “de moda” en los años treinta. De la mano de la mujer Kichi entró en la ruleta rusa que viene a ser tal práctica sin dudarlo.

Así llegó la noche del 18 de mayo de 1936, cuando Kichi –parece ser que tras varios días orgiásticos continuados sin pausa alguna- le pidió a Sada, según sus declaraciones posteriores: “No te detengas… el despertar es demasiado doloroso”. Así lo hizo ella alcanzando en el instante del acto una sensación que, dijo, “llenaría el resto de su vida”. Con su obi todavía en el cuello de su amante le cortó los genitales, paseándolos bien envueltos en una revista según algunos, yo prefiero la versión que afirma que era en un pequeño bolsito de mano. Antes de irse trazó en el brazo muerto de su amante con un cuchillo de cocina: “Sada, Kichi, juntos”. Pocos días después la atraparon en Osaka a punto de comerse su trofeo.
El suceso se difundió deprisa, los medios, sobre todo la radio, tenían ya mucha influencia, llegando a crear verdadero pánico que provocó una huida despavorida de la población de Ginza, barrio de Tokyo populoso y comercial de siempre, cuando corrió el rumor de que Sada había sido vista allí.
Contra lo que cabría esperar la amante asesina se convirtió en lo que ahora llamaríamos un personaje mediático muy popular. La condena fue extrañamente leve limitándose a unos años en prisión, parece ser que fueron seis pero hay divergencias. Al acabar la guerra Sada toda una celebrity y poco después se convirtió en una especie de abanderada de las libertades sexuales, icono de la cultura tradicional y autora y colaboradora en varios libros de gran éxito. Desapareció de la vida pública en el año 70.
 
¿Y Kichi? Pues lo que quedaba de él estuvo expuesto públicamente en el Departamento de Patolología de la universidad de Tokyo.

La imagen que encabeza esta entrada ilustra la capacidad del arte japonés de recoger los sucesos de última hora; pero, sobre todo, la naturalidad con que se aborda este lado siniestro de su cultura perdurando los temas en el tiempo. Es más, aunque esta afirmación resulte un tanto radical, cabría decir que,  a diferencia de Occidente –los temas y los estilos son abandonados en cuanto surgen otros nuevos- en la cultura japonesa nunca  se abandona un tema o un motivo.  Esto es especialmente cierto en las artes plásticas –incluyendo el cine, por supuesto- y no tanto o tan fácil de detectar al ojo occidental en el las literarias, más bien en su prosa, aunque algunos cuentos de los más grandes autores de la segunda mitad del XIX y primera del XX pueden demostrar lo contrario en sus estructuras indudablemente clásicas.

He mencionado así, como quien no quiere la cosa, el cine. Japón ha dado en su edad de oro (antes del neoliberalismo de sus productoras y de la extensión salvaje de la violencia y de la animación) algunos de los más altos ejemplos de la cinematografía universal, plagiadas u “homenajeadas” dos mil y una vez en Occidente, muy especialmente en el Western. No es el tema que nos ocupa ahora pero sí uno de sus frutos más impactantes, ya pasada la edad de oro, que resulta especialmente interesante para el tema. Por supuesto, me estoy refiriendo a “El imperio de los sentidos” de Naghisa Oshima  de 1976 donde se recogen sin demasiados excesos, visto lo visto, la historia de Sada y Kichi. ¿Excesiva? No, ¿Explicita? Sí, sin duda demasiado para algunos países que aun hoy es calificada de pornográfica o poco menos cuando lo cierto es que lo único que petrificar al espectador es saber que fue un hecho real.